...era tan gruesa como mi puño, menos erecta y blanca que la de mi marido y con la punta totalmente descubierta, muy castaña casi chocolate.
Sin duda, la de mi marido era menos larga; en cuanto al grosor, esta me resultaba mucho más placentera pues me sentía totalmente llena.
Es lo que piden las hembras, ya sea la del ratón, la del elefante o la del hombre.
Sentirse llenas...
Cuando sintió que le venía, salió del todo y, en el preciso instante en que empezaba a correrse, volvió a entrar; luego salió de nuevo y, finalmente, entró otra vez hasta el fondo para soltar el último chorro.
Yo estaba tan llena que una polla todavía más gorda que la suya hubiese entrado con la misma facilidad.
¡Que gusto daba!
¡Oh, que gustooo!
Estaba rendida, y el también, de manera que permanecimos tumbados en la cama unos minutos, con su polla a mí lado, desinflándose poco a poco...yo la apretaba para retenerla, totalmente dispuesta a creer en Dios.





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