sábado, 10 de mayo de 2014

Vicio...lujuria...placer...

El caso es que empece a mirar a los chicos y, poco a poco, a los hombres, más bien a la altura de la bragueta que a la de los ojos. Rondaba los 19 años, era guapa, y sin ser demasiado consciente de ello, tenía ya esa forma de mirar de reojo y con disimulo que delata el vicio al igual que el farolillo advierte la existencia de una casa de placer.





Cuando iba a hacer los recados algunos se volvían a mirarme al cruzarme con ellos por la calle. En dos ocasiones coincidió con que yo me volví en el mismo instante: la primera fue un joven de pelo crespo y barba descuidada, que debía de ser estudiante; la segunda, un viejo bien plantado, el típico funcionario con traje, corbata y anillo de casado, en busca de una aventura rápida y fácil en el barrio.Me causó mucha más impresión que el joven. El también tenía mirada viciosa...



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